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Se trata de un ensayo que, según él, no pretende describir exhaustivamente la infinidad de aspectos que componen la cultura, historia, política o sociedad india, sino dar una visión general de esas áreas desde el amor que el escritor profesa al país. Pese a ello, el nivel de profundidad del libro en algunas áreas es más que notable. Además, su escrito está trufado de sus experiencias e impresiones de sus diferentes estancias en el gigante país asiático, que añaden amenidad al relato (Octavio Paz fue embajador en ese país desde el 1962 al 1968).
Personalmente ha sido muy interesante leer lo que en el libro se cuenta, más si se tiene en cuenta que en mi entorno de trabajo más inmediato hay 3 personas indias, y aún así soy una completa ignorante de la cultura de la que provienen.
Leyendo las descripciones que hace Octavio del país, detalladas evocaciones de sus recuerdos sensoriales y intelectuales, he sentido que compartía algo con el autor. He plasmado en dibujos los rostros de la India en múltiples ocasiones. Siempre he sentido algo especial e indescriptible al trazar con mis lápices de colores los rasgos de un expresivo niño de la calle de Bombay o una niña mojada por las lluvias del monzón. Este fin de semana, leyendo la descripción de los niños indios en las páginas de Octavio, he recordado un dibujo que aunque hace ya muchos años que hice, todavía ocupa un lugar especial en mi corazón: una niña de ojos negros, grandes y acuosos, de piel de azafrán y rostro curioso.
Quizás es ingenuidad, pero es hermoso sentir que pese a la distancia en el país de origen, tiempo, talento o carácter, hay algo que te une con un autor que respetas. A tu manera, y de forma tan oblicua como pueden ser los ecos de un continente y un país lejano.